El congreso abrió con la historia personal de Ignacio Navarrete, abogado, actor y emprendedor, que usó su propio recorrido vocacional para plantear una distinción central: la diferencia entre formarse y transformarse, y por qué las organizaciones deberían tomarse en serio esa diferencia.
Un recorrido de vocaciones múltiples
Navarrete construyó su charla a partir de su propia biografía. Desde niño mostró interés simultáneo por actuar, escribir e imitar, estimulado por un padre riguroso y procedimental y una madre creativa que lo animaba a probarlo todo. Esa combinación, dijo, le generó desde temprano una mentalidad de exploración que lo acompañó en cada etapa posterior de su vida.
En el colegio insistió en hacer teatro pese a la resistencia inicial de su entorno, y terminó llevando a sus compañeros de curso a actuar en sus propias obras. Al llegar el momento de elegir una carrera universitaria, descartó el teatro por presión familiar y eligió derecho, como la disciplina humanista que le pareció más estructurada. Los primeros resultados académicos fueron malos, hasta que descubrió que podía aplicar sus habilidades actorales a los exámenes orales: memorizaba el contenido como si fuera un libreto e imitaba a sus profesores al responder. A partir de ahí, además, empezó a escribir y vender canciones que resumían las materias de derecho con la voz de sus propios profesores, un emprendimiento informal que recorrió distintas universidades y que, según relató, contaba con el visto bueno de los mismos docentes y hasta del decano de su facultad.
Terminada la carrera, entró a trabajar al estudio de su profesor de derecho comercial, atraído más por el deseo de seguir formándose junto a alguien que admiraba que por el cargo en sí. Ahí llegó, sin embargo, a lo que describió como su primera crisis vocacional: pese a estar rodeado de compañeros y en un entorno exitoso, no lograba sentirse pleno en el ejercicio de la abogacía. La respuesta de sus padres fue clave en ese momento: lo animaron a ordenar sus ideas a través de un MBA, que cursó los fines de semana mientras seguía ejerciendo como abogado.
Ese proceso lo llevó a dejar la abogacía para emprender, primero en un parque de capacitación y entretenimiento y luego en una startup de mudanzas y bodegas con operación en Chile, Colombia y México. En paralelo, estudió coaching, y finalmente escribió y protagonizó una obra de teatro unipersonal, con treinta personajes interpretados por él mismo, que ha sido vista por miles de personas en distintos países.
No ser el mejor, sino ser el único
El punto de inflexión de su relato llegó cuando reconoció que no era el mejor actor, ni el mejor emprendedor, ni el mejor abogado, pero que nadie más había combinado esas tres trayectorias de la misma manera. Esa idea, la de ser el único en lugar de intentar ser el mejor en una sola disciplina, es la que lo llevó a replantearse qué es realmente la formación.
Formación como herramientas, transformación como identidad
A partir de esa reflexión, Navarrete propuso una distinción que atravesó el resto de la charla. La formación es lo que se recibe: herramientas, habilidades, conocimientos concretos, ya sea al elegir una universidad, un ramo, un profesor o un primer trabajo. La transformación, en cambio, es interna y personal: es lo que cada persona decide hacer con esas herramientas, y cómo elige dejarse cambiar por los lugares y las personas de las que aprende.
Aplicó esa distinción a su propia historia. En el colegio tuvo que aprender deporte, pero también logró que sus compañeros aprendieran de teatro. En derecho, aceptó las herramientas de la carrera, pero introdujo el humor y la interpretación como forma propia de habitarla. En el estudio de abogados y en el MBA ocurrió algo similar: tomó lo que esos espacios le ofrecían, y a la vez los transformó con su manera particular de estar en ellos. El resultado, dijo, es que hoy no necesita elegir una sola etiqueta profesional: puede ser, al mismo tiempo, abogado, emprendedor, actor y coach.
El aprendizaje no termina con el título
El cierre de la charla fue una crítica directa a una creencia muy extendida: que el aprendizaje termina cuando se obtiene un título universitario y que trabajar es, simplemente, aplicar lo ya aprendido. Navarrete planteó que esa creencia limita tanto a las personas como a las organizaciones, y que decir abiertamente “sé hacer lo que estudié, pero me falta aprender más” no debería sentirse como una confesión de insuficiencia, sino como una actitud normal frente a un entorno laboral que va a seguir cambiando.
Mencionó también, a partir de su experiencia reciente conversando con adolescentes que están por elegir carrera, que una proporción importante de ellos no logra decidirse por una sola vocación porque sienten curiosidad genuina por varias disciplinas a la vez. En su lectura, ese no es un problema a resolver, sino una señal de que el sistema educativo y las propias empresas deben dejar de presentar la elección vocacional como una decisión única y definitiva.
El rol de las organizaciones
Navarrete cerró con un llamado directo a los equipos de recursos humanos y desarrollo organizacional presentes en el congreso: las empresas tienen la responsabilidad de ser visiblemente lugares donde se sigue aprendiendo, con planes claros de crecimiento y cambio de rol para las personas que las integran. Su conclusión fue que la primera elección vocacional de una persona no es un punto de llegada, sino la primera de muchas transformaciones que va a atravesar a lo largo de su vida laboral, y que ayudar a entender el trabajo como un espacio de aprendizaje continuo es, en sus propias palabras, una misión central para quienes trabajan en formación y desarrollo de personas.







