Carolina Pérez Echeverría, CEO Foresight Consulting y directora de empresas
Mientras muchas empresas siguen discutiendo cómo incorporar la inteligencia artificial, sus colaboradores ya la están utilizando. Y probablemente mucho más de lo que sus gerentes generales y directorios imaginan.
Estamos frente a un fenómeno que representa uno de los riesgos menos visibles para las organizaciones: la velocidad de adopción de la inteligencia artificial por parte de las personas ha superado ampliamente la capacidad de las empresas para adoptarla, supervisarla y gobernarla.
Es lo que conocemos como Shadow AI, o inteligencia artificial en las sombras.
A diferencia de otras transformaciones tecnológicas, esta vez la adopción no comenzó desde las empresas, sino desde las personas. Hoy cualquier colaborador puede acceder, en segundos y muchas veces gratuitamente, a herramientas capaces de analizar documentos, procesar información o apoyar decisiones. Y lo está haciendo, con o sin una estrategia corporativa.
Las cifras son reveladoras. El Centro Nacional de Ciberseguridad del Reino Unido ha advertido sobre este fenómeno, citando una investigación donde el 71% de los trabajadores encuestados reconoció utilizar herramientas de IA no aprobadas por sus empleadores.
Y aquí aparece un riesgo que no vimos venir.
Pensemos en un colaborador que, con la mejor intención de hacer su trabajo más rápido, carga un contrato, información financiera o datos de clientes en una herramienta gratuita de inteligencia artificial. En segundos obtiene un excelente resultado. Pero puede haber compartido información confidencial con una plataforma externa, sin conocer sus condiciones de privacidad, almacenamiento o utilización de esos datos.
No todas las herramientas gratuitas utilizan esa información para entrenar sus modelos. Sin embargo, ¿saben nuestros colaboradores qué ocurre con los datos que ingresan? ¿Conocen la diferencia entre una cuenta personal y una herramienta corporativa? ¿Saben qué información pueden compartir y cuál deben proteger?
Lo preocupante es que podemos estar exponiendo información estratégica de nuestras empresas sin siquiera saberlo.
Desde mi experiencia en la conducción de empresas y hoy desde los directorios, considero que este fenómeno va mucho más allá de la ciberseguridad. Es un desafío de liderazgo, gestión y gobierno corporativo.
Porque no podemos gobernar lo que no sabemos que existe.
La respuesta no puede ser simplemente prohibir. Nuestros colaboradores están descubriendo oportunidades para trabajar mejor, aumentar su productividad y resolver problemas que muchas veces las propias empresas todavía no han abordado. Esa iniciativa es valiosa y debemos aprovecharla, pero con dirección y responsabilidad.
Necesitamos conocer qué herramientas se están utilizando, definir una alternativa corporativa segura, establecer políticas claras sobre qué información se puede compartir, cuál debe anonimizarse y cuál no debe ingresarse. Y, especialmente, capacitar a las personas para que comprendan tanto las oportunidades como los riesgos de esta tecnología.
Los directorios y la alta administración tenemos una responsabilidad que no podemos delegar exclusivamente en las áreas de tecnología. No basta con preguntar cuántas licencias hemos contratado o qué proyectos estamos implementando. Necesitamos saber cómo se está utilizando realmente la inteligencia artificial dentro de nuestras organizaciones.
La IA no está esperando nuestra autorización para entrar a las empresas. Ya está dentro, y avanzando mucho más rápido de lo que creemos.
Nuestro desafío no es frenar esa adopción, sino sacarla de las sombras, gobernarla y convertirla en una verdadera fuente de valor, sin comprometer aquello que tenemos la obligación de proteger.




