La discusión sobre la presencialidad versus el trabajo remoto lleva ya varios años en el centro de las conversaciones organizacionales. No es un tema de moda ni exclusivamente logístico; está directamente ligado al clima laboral, a la satisfacción de los colaboradores y, en consecuencia, a su motivación y productividad. Las decisiones que tomen las organizaciones en este ámbito no son neutras: moldean la forma en que los equipos se relacionan, en que los líderes ejercen su influencia y en que las personas viven su día a día en el trabajo.
Hace poco, The Economist publicó una columna titulada Does working from home kill company culture?, que aporta datos interesantes para esta discusión. A partir del análisis de más de 900 empresas, se observa que aquellas que exigen a sus empleados estar en la oficina los cinco días de la semana obtienen mejores calificaciones en un aspecto clave: la agilidad, entendida como la capacidad de reaccionar rápido frente a los cambios del mercado (las compañías con este mandato de presencialidad alcanzaron puntajes significativamente mayores en ese indicador). Sin embargo, ese logro tiene costos relevantes. Los mismos datos revelan que estas mismas compañías tienden a obtener peores evaluaciones en dimensiones como apoyo a los trabajadores, balance vida-trabajo, calidad de liderazgo y clima laboral. Es decir, la agilidad se fortalece, pero la satisfacción y el bienestar de los equipos se ven resentidos.
Estos hallazgos dialogan con lo que hemos visto en Chile desde la pandemia. Muchas empresas nacionales, especialmente en sectores de servicios financieros, retail y tecnología, han adoptado modelos híbridos, reconociendo que el home office no solo funciona, sino que también puede ser productivo, dependiendo del contexto. Para muchos trabajadores, la posibilidad de trabajar algunos días desde sus casas ha significado un mejor equilibrio personal, mayor autonomía y la percepción de que sus líderes confían en su compromiso más allá del espacio físico. Esa confianza es fundamental: cuando los equipos sienten que la organización cree en ellos, la motivación se mantiene y se traduce en productividad.
Ahora bien, reconocer los beneficios del teletrabajo no significa desconocer la importancia de la presencialidad. Hay elementos de la vida organizacional que son difíciles de replicar a distancia. La colaboración diaria, la resolución rápida de problemas y, sobre todo, la construcción de vínculos humanos sigue ocurriendo con mayor naturalidad en el espacio físico.
Por eso muchas organizaciones están buscando fórmulas híbridas. Este modelo se ha convertido en una manera de equilibrar lo mejor de ambos mundos: la flexibilidad que otorga confianza y bienestar, y la presencialidad que refuerza el trabajo en equipo y la cohesión cultural. En Chile, varias compañías están experimentando con esquemas diversos, desde dos días de home office hasta planes más flexibles, entendiendo que no hay una única receta.
Lo que sí parece claro es que las decisiones sobre presencialidad —más estricta o más flexible— tienen un impacto directo en la motivación y el bienestar de los trabajadores, y por ende en la productividad. Y aquí aparecen nuevas preguntas, más contingentes. Por un lado, está la paradoja de la agilidad: las empresas que fuerzan la presencialidad pueden ganar velocidad en la reacción al mercado, pero a costa de sacrificar confianza y bienestar, lo que a mediano plazo puede transformarse en fuga de talento.
El verdadero punto de esta discusión ya no es si el home office funciona o no. Lo crucial es entender que, en un mercado laboral donde el talento escasea, las organizaciones no pueden arriesgarse a perder motivación ni confianza de sus equipos. El modelo que elijan tendrá un impacto directo en su capacidad de atraer y retener a los mejores.
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Lo que está en juego es la forma en que queremos trabajar y cómo las empresas logran construir culturas sólidas y sostenibles en medio de la disrupción.
El desafío para los líderes, entonces, no es optar ciegamente por la oficina o el teletrabajo, sino mantenerse atentos y flexibles, revisando constantemente cómo sus decisiones repercuten en el compromiso y el clima laboral. Porque al final, la verdadera productividad de una empresa no se mide solo en rapidez o agilidad, sino en la capacidad de construir una cultura en la que las personas estén motivadas, felices y conectadas con un propósito común. Esa cultura —ya sea fortalecida desde la oficina, desde el teletrabajo o desde un modelo mixto— será siempre el activo más valioso para sostener el crecimiento en el largo plazo.
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The Economist. (2025, 7 de julio). Does working from home kill company culture? The Economist. https://www.economist.com/business/2025/07/07/does-working-from-home-kill-company-culture economist.com









