Pareciera que, en algún momento de la vida, el juego queda relegado exclusivamente a los niños y las niñas.
Mientras vamos creciendo dejamos de jugar. Ya no queremos “parecer niños”, tenemos menos tiempo, más responsabilidades y una larga lista de cosas supuestamente más importantes que hacer.
Y casi sin darnos cuenta, vamos dejando atrás uno de los recursos más naturales que tenemos los seres humanos para conectar, regularnos y sentir bienestar.
El juego no es solo cosa de niños.
Jugar nos permite reír, movernos, concentrarnos en el presente, relacionarnos con otros y salir, aunque sea por un momento, de la exigencia cotidiana. Puede convertirse en una herramienta muy sencilla para ayudarnos a gestionar el estrés y recuperar conexión con nuestro cuerpo y con quienes tenemos cerca.
Cuando estamos sobrepasados, probablemente no necesitamos seguir pensando y resolviendo. Muchas veces necesitamos primero bajar la intensidad de lo que estamos sintiendo. Y ahí aparecen recursos simples como caminar, respirar, movernos, conversar… o jugar.
Pero ¿estamos jugando menos?
Esta pregunta no es solo para los adultos.
También vale la pena preguntarnos cuánto espacio de juego estamos dejando hoy a nuestros niños y niñas.
Celulares, videojuegos, televisión y plataformas con contenidos disponibles de manera prácticamente infinita compiten diariamente por su atención. Frente a estímulos altamente atractivos y de acceso inmediato, otras alternativas pueden empezar a parecer menos interesantes.
- Un dominó necesita que alguien se siente contigo.
- El bachillerato necesita lápiz, papel y tiempo.
- El cachipún necesita otro.
- El gallito inglés necesita mirarnos.
Y quizás ahí está justamente parte de su valor.
Porque muchos de esos juegos necesitan algo que ninguna pantalla puede reemplazar completamente: la presencia de otra persona.
A lo mejor tenemos que volver a agendar el juego
Agendamos el fútbol.
El ballet.
Las clases.
Los cumpleaños.
Las reuniones.
Las tareas.
¿Por qué no agendar también un rato para jugar?
No tiene que ser una gran actividad ni requerir materiales especiales. Puede ser sacar un juego de mesa después de comer, dibujar juntos, jugar bachillerato, carioca, dominó, gallito inglés o cachipún.
Apuesto que alguno de estos nombres de juego te hizo sonreír.
Quizás incluso te llevó por unos segundos a algún momento de tu infancia.
Y eso también es parte del juego, nos construye recuerdos.
En mi familia siempre fuimos buenos para jugar
Muchas veces me dicen: “Es que tú eres educadora de párvulos, por eso juegas”.
Puede ser.
Pero también vengo de una familia buena para jugar y, especialmente, para inventar juegos.
Recuerdo competencias de coronas hechas con materiales naturales, jugar al alto, frisbee, “picao” —una especie de UNO que jugábamos con naipe inglés mucho antes de tener UNO—, concursos de karaoke, de baile, de payas, la mímica, el telefonito y tantas otras cosas.
No recuerdo si teníamos los materiales perfectos.
Sí recuerdo que lo pasábamos muy bien.
Y hoy entiendo que mientras jugábamos también estábamos haciendo algo mucho más importante: estábamos construyendo vínculo.
El propio eBook que preparamos desde Kintsu recoge justamente esta idea: el juego familiar favorece momentos de complicidad, comunicación y expresión emocional, fortaleciendo los vínculos entre quienes participan.
Recuperar el juego
Quizás no necesitamos enseñarles a nuestros niños y niñas a jugar.
Quizás necesitamos volver a jugar con ellos.
Recuperar esos espacios puede ayudarnos a fortalecer nuestros vínculos, gestionar el estrés, generar emociones agradables y crear experiencias compartidas que después se transformarán en recuerdos.
Y por eso, aprovechando que se acercan las Fiestas Patrias, desde Kintsu Emociones quisimos hacer la invitación de volver a jugar.
Preparamos un eBook gratuito con juegos chilenos, ideas fáciles para realizar en familia y juegos tradicionales explicados paso a paso —desde el emboque y el luche hasta las bolitas, las carreras de sacos y las argollas—, además de un recurso imprimible para jugar juntos.
Porque quizás este 18, además de celebrar nuestras tradiciones, podemos recuperar el sentarnos, mirarnos, reírnos y jugar juntos.




