Cada vez más organizaciones reconocen que el valor social no es solo una obligación o un requisito externo. Bien diseñado, puede convertirse en un activo estratégico que genera impacto tangible y duradero para el negocio, las personas y el entorno.
Sin embargo, para aprovechar plenamente este potencial, el valor social debe estar alineado con los objetivos internos. Solo así se transforma en una herramienta poderosa para fortalecer la participación, la retención, la atracción de talento y el desarrollo profesional.
Para muchos líderes de RRHH, el desafío no está en comprender el valor del impacto social, sino en pasar de la intención a la implementación.
Diseñar actividades que realmente aporten valor a las personas y a las comunidades requiere más que entusiasmo: exige estrategia, inclusión y una definición clara de qué significa el éxito.
El punto de partida es siempre el mismo: preguntarse por qué. ¿Qué busca lograr la empresa? Ya sea abordar la escasez de talento, fortalecer la cultura, mejorar el compromiso o demostrar su compromiso con la comunidad, los objetivos deben guiar la actividad, no al revés.
Un error frecuente es aferrarse a ideas atractivas sin evaluar su viabilidad ni su alineación con las prioridades del negocio. Esto ocurre especialmente en iniciativas que involucran a escuelas, donde la implementación puede parecer simple, pero en realidad implica protocolos, resguardos y dinámicas complejas.
Participar sin comprender cómo acercarse a estos grupos, cómo comunicarse con ellos o qué normativas deben respetarse puede comprometer el programa incluso antes de comenzar.
Antes de lanzar nuevas iniciativas, RRHH debe revisar las acciones existentes y considerar políticas y procesos relevantes. Sin una comunicación clara, sistemas de inscripción simples y políticas de voluntariado bien definidas, incluso el mejor programa puede tener baja participación.
Si la empresa cuenta con programas de aprendizaje, graduados o grupos de afinidad, las actividades de voluntariado —incluyendo mentorías— pueden integrarse para aportar valor al desarrollo sin complejizar la implementación. Integrar el voluntariado en estructuras ya existentes permite que las iniciativas evolucionen junto con las necesidades del negocio y la comunidad.
También existen excelentes ejemplos de organizaciones que involucran a sus personas en el co-diseño de programas de valor social. Esto no solo fortalece la pertinencia de las iniciativas, sino que crea una red de promotores en todos los niveles, incluidos los líderes. Aprovechar redes internas —como grupos de compromiso o equipos DEI— puede acelerar la implementación y aumentar la legitimidad del programa.
Cuando se diseñan e implementan adecuadamente, las alianzas de valor social pueden ser verdaderamente transformadoras. Para lograrlo, los empleadores deben conectar sus objetivos internos con las realidades externas, desarrollando programas bien fundamentados, medibles y sostenibles que generen beneficios para la empresa, las personas y las comunidades.
El valor social no solo impacta positivamente en las comunidades: también fortalece a las personas y, en consecuencia, a la organización. Con el enfoque adecuado, RRHH puede convertirse en un actor clave para amplificar ese valor y generar impacto para todos los involucrados.







