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12 de agosto de 2026

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El costo oculto de la salud mental: la pérdida de productividad que las empresas aún no están midiendo

12 de agosto de 2026

Durante los últimos años, la conversación sobre salud mental en las organizaciones ha estado marcada por un indicador: las licencias médicas. Son visibles, cuantificables y representan un desafío operativo para cualquier empresa. Sin embargo, si queremos comprender el verdadero impacto que la salud mental tiene sobre el negocio, debemos mirar más allá de las licencias y el ausentismo que este significa.

Además, este suele analizarse de forma segregada según su origen —laboral o común—, una distinción que responde al marco legal chileno y resulta fundamental para la prevención. No obstante, desde la perspectiva de la gestión, esta clasificación introduce un sesgo importante: el origen de una condición de salud no modifica su impacto sobre el desempeño de las personas ni sobre los resultados de la organización. Desde la lógica del negocio, la pregunta relevante no es únicamente qué causó el problema, sino cuánto está afectando la capacidad de trabajar.

Existe un costo mucho menos evidente, pero potencialmente mucho mayor: la pérdida de productividad de quienes siguen asistiendo a trabajar, aunque no se encuentren en condiciones de rendir a su capacidad habitual. Este fenómeno, conocido como presentismo, rara vez aparece en los indicadores de gestión, pero tiene efectos concretos sobre la productividad, la calidad del trabajo, la seguridad y los resultados del negocio.

Lo que muestran los datos

Las cifras oficiales de la Superintendencia de Seguridad Social muestran que en 2025 las licencias médicas por salud mental disminuyeron un 17,3%. Sin embargo, más de 810 mil trabajadores utilizaron al menos una licencia por esta causa durante el año, manteniéndose como el principal motivo de incapacidad laboral en Chile.

Llevado a una organización, esto significa que por cada 100 colaboradores, alrededor de 12 tendrán al menos una licencia médica por salud mental al año, generando entre 250 y 360 días hábiles de ausencia, equivalentes a tener entre una y una persona y media menos trabajando durante todo el año.

Pero quizás el dato más revelador es otro: el 77,8% de las enfermedades profesionales calificadas en Chile corresponde hoy a diagnósticos de salud mental. Más allá de las licencias, esto confirma que el principal desafío para las organizaciones ya no está únicamente en la accidentabilidad o los riesgos físicos, sino en la salud psicológica de sus equipos.
Ese es el costo visible.

El costo que no aparece en ningún reporte

El ausentismo es solo una parte del problema. Muchas personas se presentan a trabajar en condiciones de ánimo, estrés o ansiedad que no son favorables para el correcto desenvolvimiento laboral, o bien regresan a sus funciones antes de haber recuperado completamente su capacidad para concentrarse, tomar decisiones o resolver problemas complejos. Están presentes, pero su desempeño continúa disminuido. Ese fenómeno es el presentismo.

La evidencia internacional muestra que entre el 60% y el 80% del costo económico de la depresión para las empresas proviene del presentismo y no del ausentismo. Diversos estudios estiman que las pérdidas de productividad asociadas al presentismo pueden ser entre tres y cinco veces superiores a las generadas por las licencias médicas.

A diferencia del ausentismo, este costo no aparece en ninguna línea contable. Se distribuye silenciosamente en errores, reprocesos, retrasos, menor calidad del servicio, sobrecarga de los equipos, accidentes y oportunidades perdidas.

¿Cuánto puede representar para una organización?

Las estimaciones realizadas en población laboral chilena permiten dimensionar la magnitud del fenómeno. En escenarios conservadores, el presentismo puede representar pérdidas cercanas al 2% de la masa salarial anual, mientras que en organizaciones con altos niveles de estrés psicosocial este porcentaje puede aproximarse al 4%.

Llevado a un ejemplo concreto, una empresa de 500 colaboradores, con una renta promedio cercana a $1.000.000 mensuales, podría estar perdiendo entre $120 y $240 millones al año por disminución de productividad asociada al presentismo. Es un costo que rara vez aparece explícitamente en un estado financiero, pero que se manifiesta diariamente en menor desempeño, errores, reprocesos y sobrecarga de los equipos.

Por eso, cuando hablamos del impacto económico de la salud mental, probablemente el indicador más importante no sea el número de licencias médicas, sino la productividad que la organización deja de capturar mientras continúa financiando el costo completo de su operación.

Cambiar la pregunta

Tradicionalmente, la gestión de riesgos psicosociales ha puesto el foco en identificar y controlar aquellos factores del trabajo que pueden afectar la salud mental de las personas. Ese enfoque es indispensable y constituye la base del cumplimiento normativo.

Sin embargo, desde la perspectiva del negocio existe una pregunta complementaria que resulta igualmente relevante: ¿qué impacto tiene la salud mental sobre la capacidad productiva de nuestra organización, independientemente del origen del problema?

La salud mental de una persona no depende exclusivamente de su trabajo. También intervienen factores familiares, económicos, sociales, biológicos y personales. Pretender que las organizaciones controlen todas esas variables sería poco realista.

Pero el hecho de que una empresa no sea responsable del origen de una condición de salud no significa que pueda ignorar sus consecuencias. Cuando esa condición afecta la productividad, la calidad del servicio, la seguridad o la continuidad operacional, deja de ser únicamente un tema clínico para transformarse en una variable estratégica de gestión.

En otras palabras, la pregunta deja de ser «¿quién provocó el problema?» y pasa a ser «¿cómo gestionamos su impacto sobre el negocio?»

Una decisión de negocio basada en evidencia

Las organizaciones seguirán necesitando prevenir riesgos psicosociales y mejorar las condiciones de trabajo. Pero, al mismo tiempo, deberán desarrollar estrategias que permitan apoyar a las personas cuando atraviesan dificultades de salud mental, cualquiera sea su origen.

No solo porque sea lo correcto desde una perspectiva humana, sino porque la evidencia demuestra que el bienestar de las personas y el desempeño organizacional están profundamente conectados.

En un contexto donde la inteligencia artificial y la automatización están desplazando progresivamente las tareas más rutinarias, el valor de las organizaciones dependerá cada vez más de capacidades humanas como el juicio, la creatividad, la atención y la toma de decisiones. En ese escenario, la salud mental deja de abordarse exclusivamente desde la lógica del bienestar o del cumplimiento normativo para convertirse en una variable de gestión del negocio.

El desafío ya no es solo prevenir los riesgos psicosociales, sino medir y gestionar su impacto sobre la productividad. Esto implica evaluar las intervenciones en salud mental con el mismo rigor que cualquier otra inversión organizacional: por su capacidad para reducir el ausentismo y el presentismo, fortalecer el desempeño de las personas y generar valor para la organización.

Porque aquello que no se mide difícilmente se gestiona, y aquello que no se gestiona termina transformándose en un costo permanente para el negocio.

Autor/a: Matías Velasco G.
Director GSO Consultores - Wellive

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