Mucho hablamos del compromiso de los equipos de trabajo. De cómo aumentarlo, medirlo, cuidarlo. Y tenemos datos que nos muestran que sigue siendo un desafío: a nivel mundial, solo 1 de cada 5 personas se declara comprometida con su trabajo.
¿Será que no nos estamos haciendo las preguntas correctas?
Porque en mi caso, cuando pienso en los momentos en que más comprometida me he sentido con un equipo, no pienso necesariamente en grandes incentivos, reconocimientos o discursos motivacionales. Pienso en un momento muy concreto.
Por ejemplo: cuando hace poco mi perro estuvo muy enfermo y yo no estaba bien, mis líderes me acompañaron con empatía. Bajaron mi carga cuando lo necesitaba. El equipo distribuyó sus energías para apoyar a alguien que en ese momento, no estaba pudiendo con todo.
Y cuando emocionalmente pude volver a estar disponible, me pasó algo curioso: me sentí agradecida y más comprometida con el equipo.
Me dieron ganas de apoyar a quienes estaban más desgastados. De estar más disponible para quienes estaban atravesando sus propias situaciones personales.
No porque alguien me hubiera pedido “comprométete más”.
Sino porque me sentí parte de un equipo que había estado ahí para mí.
Creo que hay algo de lo que se habla poco cuando hablamos de compromiso.
El compromiso no siempre se consigue pidiendo más compromiso. Muchas veces aparece como respuesta al vínculo que construimos.
Aún escucho en sesiones a personas decir: “las cosas personales se quedan en casa”. Pero ¿realmente podemos hacerlo?
¿Podemos llegar a trabajar tranquilos cuando un familiar está agonizando? ¿Cuándo un hijo está atravesando un momento difícil? ¿Cuándo estamos viviendo una separación, una preocupación económica o simplemente una situación que nos tiene emocionalmente agotados?
Llegamos al trabajo con todo eso, aunque no lo contemos.
Y aquí veo que aparece una diferencia importante: hay dolores que podemos ver y otros que no.
Es fácil comprender cuando alguien llega con un pie enyesado que quizás no esté en un buen momento. Pero ¿qué pasa con quien llega a trabajar mientras está sosteniendo una tristeza que nadie puede ver?
Muchos de nuestros “dolores” no tienen yeso.
Por eso quizás como líderes, corremos el riesgo de interpretar demasiado rápido lo que vemos: “está desmotivado”, “no está comprometido”, “su rendimiento bajó”, “está desconectado”. Sin preguntarnos qué más puede estar pasando.
Por supuesto, esto no significa que tengamos que conocer cada detalle de la vida de las personas. Tampoco que el trabajo tenga que convertirse en terapia.
Significa algo más sencillo: cuando existe confianza, las personas pueden mostrarnos un poco más de lo que están viviendo.
Y cuando tenemos esa información, podemos liderar mejor.
Podemos ajustar una carga, ofrecer apoyo, entender un comportamiento, distribuir de otra manera las energías del equipo.
No para tratar a todos igual, sino para tratarlos de una manera más equitativa considerando lo que cada uno está viviendo. Porque las personas no dejamos nuestra vida en la puerta de la oficina, la llevamos con nosotros.
Creo que el desafío del liderazgo no es conseguir personas permanentemente motivadas, sino construir equipos donde las personas quieran comprometerse porque sienten que cuando la vida se pone difícil, no están solas.
A veces, el compromiso empieza mucho antes de que alguien nos pida dar más.
Empieza cuando sentimos que también hay alguien dispuesto a sostenernos cuando nosotros no podemos hacerlo.




