La mayoría de quienes ya utilizan estas herramientas las valora positivamente: el 96% considera que son útiles o muy útiles, principalmente por su capacidad de ahorrar tiempo (56%), mejorar la eficiencia (46%) y automatizar tareas repetitivas (39%). A primera vista, los datos parecen confirmar que la IA ya es parte del día a día en el trabajo. Pero al mirar más de cerca, la foto se vuelve más compleja.
A pesar del entusiasmo por sus beneficios, una de cada tres personas en Chile no utiliza IA por restricciones impuestas en sus lugares de trabajo. Además, un 25% prefiere no usarla, y un 23% no la considera necesaria. Y aunque el temor a perder el empleo ha disminuido (39% frente al 49% del año anterior), la incertidumbre persiste, especialmente en países como Ecuador, donde esa preocupación alcanza el 51%.
Estos resultados muestran que la expansión de la IA en el trabajo avanza con rapidez, pero no siempre de forma integrada ni acompañada por una estrategia organizacional clara. En muchos casos, su uso responde más a la iniciativa personal de los trabajadores que a una política institucional de adopción tecnológica. Se utiliza, pero no necesariamente se incorpora con sentido, formación ni reflexión ética.
“El estudio es altamente valorable por mostrar dos caras de la inteligencia artificial: su expansión inevitable por sus múltiples ventajas, y a la vez, las resistencias que aún enfrenta. Estas barreras no son homogéneas: dependen del tipo de rubro, el tamaño de la organización y el nivel de formación de la fuerza laboral. La IA llegó para quedarse, y será clave seguir investigando cómo se profundiza su integración en el mundo del trabajo”, señaló Matías González, líder de investigación de la Red de RR.HH.
En ese sentido, el desafío no está solo en adoptar nuevas tecnologías, sino en decidir cómo se incorporan a las culturas laborales, quién lidera esa integración y qué capacidades necesitamos desarrollar para usarlas con propósito y equidad.






