Los datos son contundentes: el estudio Burnout 2025 de Buk —con más de 5.700 trabajadores en Chile, Colombia, México y Perú— revela que el 67% de los trabajadores chilenos experimenta estrés al menos una vez por semana, y un 12% se siente “quemado” con frecuencia. Más alarmante aún, el 57% de quienes reportan burnout frecuente afirma haberse sentido deprimido en el trabajo durante el último año, una cifra muy superior al promedio latinoamericano del 42%.
Los indicadores nacionales refuerzan la gravedad del escenario. El Termómetro de Salud Mental ACHS‑UC muestra que el 13,7% de la población presenta síntomas moderados o severos de depresión, equivalente a cerca de 2 millones de adultos. Y según la Superintendencia de Seguridad Social, los trastornos de salud mental ya representan el 33% de todas las licencias médicas, consolidándose como la principal causa de ausentismo laboral en el país.
Un problema global que también golpea a Europa
La crisis no es exclusiva de Chile. En Europa, la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (EU‑OSHA) reporta que más del 40% de los trabajadores enfrenta presión excesiva de tiempo, mientras que casi un 30% declara mala comunicación en su entorno laboral. Su campaña 2026‑2028, “Juntos por la salud mental en el trabajo”, estará dedicada íntegramente a este tema.
El impacto económico también es significativo: un estudio del Instituto Sindical Europeo, citado por Euronews, estima que el estrés laboral cuesta a la Unión Europea más de 100.000 millones de euros al año. Tanto en Europa como en Chile, se repite una paradoja inquietante: las organizaciones invierten más que nunca en bienestar, pero los indicadores no mejoran.
Avances normativos en Chile: un paso adelante, pero insuficiente
En 2025, el Ministerio de Salud incorporó el burnout al listado de enfermedades que otorgan licencia médica. Sectores como salud y educación son especialmente vulnerables: hasta un 70% del personal sanitario ha estado en riesgo de burnout, y más del 16% de los docentes ha debido ausentarse por licencias de salud mental.
La Ley Karin (Ley 21.643), vigente desde agosto de 2024, obliga a las organizaciones a implementar protocolos de prevención del acoso laboral, sexual y violencia en el trabajo. Sin embargo, la salud mental laboral requiere un enfoque mucho más amplio que la sola prevención del acoso.
De la reacción a la prevención: el rol estratégico de RRHH
El estudio de Buk identifica tres factores de riesgo transversales: sobrecarga laboral, baja flexibilidad horaria y falta de reconocimiento. La diferencia es clara: quienes están satisfechos con su jornada reportan burnout frecuente en un 12%, versus un 19% entre quienes están insatisfechos.
Para avanzar hacia una gestión preventiva, RRHH debe actuar en tres dimensiones:
- Medir de forma continua
Herramientas como el Cuestionario de Evaluación Ambiental Laboral – Salud Mental (CEAL‑SM) existen en Chile, pero suelen aplicarse de manera aislada. La clave es integrarlas en ciclos regulares, con análisis segmentado y seguimiento.
- Formar a las jefaturas como primera línea de detección
Los líderes directos son quienes observan cambios en conducta, desempeño o ánimo. Sin formación, estas señales pasan inadvertidas o se interpretan como “falta de compromiso”.
- Integrar el bienestar en la estrategia de negocio
El bienestar no puede seguir siendo un conjunto de iniciativas aisladas ni un “beneficio blando”.
“el bienestar no puede seguir siendo un póster en la sala de descanso”. Debe convertirse en un pilar de productividad, clima y cultura organizacional.
Reflexión final
La salud mental laboral dejó de ser un tema de moda: es una crisis instalada que afecta la sostenibilidad de las organizaciones. Chile tiene datos, evidencia y marcos normativos. Lo que falta ahora es decisión estratégica.







